The Chameleons en El Teatrito

Buenos Aires 14.05.26
«In his autumn ‘fore the winter, comes man’s last mad surge of youth.»
«What on earth are you talking about?»«En su otoño, antes del invierno, llega el último y alocado impulso de la juventud del hombre.»
«¿De qué demonios estás hablando?»
¿Es esta la materia de la que están hechos los sueños?
En la imaginaria constelación de bandas inglesas que, motivadas a formarse después del estallido que supuso el paso fugaz de Sex Pistols, se formó un tipo de música que se solidificó en el manoseado nombre de post punk. El género, un término impuesto desde algunos estratos del periodismo de rock más que una academia sobre cómo componer música, se llenó pronto de nombres de bandas conocidos por propios y ajenos.
Es decir, que quien diga que le gusta el post punk mencionará las siguientes bandas: Joy Division, Public Image Ltd., Siouxsie and The Banshees, The Cure, The Slits, Bauhaus, Echo and the Bunnymen, Gang of Four, Killing Joke o The Pop Group, por mencionar solo algunas de las que surgieron en Inglaterra a fines de la década de 1970. ¿Y The Chameleons?
¿Algún melómano menciona a la banda de Middleton, cercana a Manchester, entre las primeras que se le vienen a la cabeza cuando relaciona música con el género? La suerte de la banda liderada por el bajista Mark Burgess fue extraña y, con el paso del tiempo, ocupó su lugar en esa zona gris llamada “de culto”. Cuando algo es “de culto”, implica que tiene calidad y potencial, pero se le niega la masividad.

Y a una banda como The Chameleons tampoco le cuadra esa etiqueta tan chica, porque supo componer himnos de una generación como «Second Skin», «P.S. Goodbye» o «Swamp Thing». Tal vez su suerte errática se debió a varias rupturas y problemas internos de la banda y con las compañías discográficas. O tal vez llegaron demasiado tarde para cuadrar en su generación, pero demasiado pronto para dar el salto a la siguiente, la del estallido de Madchester al mundo a fines de los 80.
Las sombras de Manchester y el peso de la posteridad
O tal vez es difícil ubicar en la constelación a The Chameleons porque, como el nombre de la banda lo indica, se refiere a un ser que permanece siempre ahí, estático, aunque no siempre se lo vea. Esa bruma en la que se ocultaron siempre deja ver algunas razones de por qué son un tanto inasibles: editaron con muchas complicaciones su primer disco bastante tarde en la cronología, en 1983, año de la primera separación de Bauhaus y cuando The Cure estaba dejando atrás su trilogía cerrada con Pornography un año antes.
Aunque siguen estructuras musicales apegadas a los sonidos más reconocibles del post punk (voces cavernosas, bajos prominentes, guitarras nebulosas y sin solos), sus temas tienden a una épica nostálgica que recuerda en un punto al del rock progresivo pero sin caer en sus lugares comunes, por lo que sus letras abordaban la paranoia urbana, soledad, políticas marxistas, nihilismo, literatura pulp y sueños poscapitalistas.
Si bien siguieron varias de las premisas del DIY (Do It Yourself) del post punk, fueron pronto fichados por grandes sellos, aunque eso solo les trajo problemas y la fama injusta de ser catalogados como una banda difícil; sus discos de estudio son pocos, apenas cinco con un hiato de casi una década entre el tercero y el cuarto, Strip, y 24 años entre ese y Arctic Moon, editado en 2025; en cambio tienen grabados y editados varios discos en vivo, tal vez más que los que tienen de estudio.

Una noche perdida en Buenos Aires
En una cronología tan nebulosa, debemos considerar un privilegio haber podido asistir al primer y, por ahora, único show de The Chameleons en Buenos Aires en El Teatrito, un lugar pequeño y lateral, tal vez la sala indicada para una banda que se siente más cómoda en la nebulosa y en los lugares apartados mejor que debajo de focos. Una noche perdida en el otoño de Buenos Aires, la banda dio su primer show en este rincón del sur del planeta. Una espera que demoró más de 40 años y que podría pensarse que, para la banda mancuniana, fue demasiado tarde… o en el momento justo de su madurez.
Apenas un minuto antes de las 21 se escuchó el fragmento de diálogo extraído de la comedia musical estadounidense Two Sisters from Boston que se escucha al inicio del disco Script of the Bridge (1983). El tiempo había llegado y la banda abrió con «Where are you?», canción que también es la primera de su último disco. Sin espacio para nostalgias, ni para recuperar el tiempo perdido sobre cómo habría sido un show de The Chameleons antes. El aquí y ahora de la banda conectó su presente con los 40 años de espera sin ninguna dificultad.
Y para salvar esa distancia gigante de tiempo, encadenaron luego con «The Fan and the Below», una rareza que se editó como un B Side de su primera época. Terminado el primer ritual para unir presente con pasado, Mark Burgess despidió a los fotógrafos para abocarse a darle al público un océano de recuerdos musicales para recordar que aún no estamos solos y que en medio de la catástrofe hay cosas y personas que valen la pena tener cerca.
Así, tras la ruptura del hielo, continuaron con «A Person Isn’t Safe Anywhere These Days», una letra gótica sobre los peligros de andar solo de noche por la calle, un manifiesto contra la violencia de las instituciones y que se coreó el estribillo al unísono: “maaaaaaan ooooof steeeeel”. Las guitarras de Reg Smithies, histórico miembro fundador de la banda , recordaron a las de Geordie de Killing Joke, pero sin deberle nada.

Y luego, Burgess nos recordó algo vital para nuestras vidas: “all music is medicine” o “toda música es medicina”, frase que abrió «Pleasure and Pain». Así, luego de descender al pavimento duro con una cabalgata robusta, volvimos a una nubosidad azul y nostálgica. La escena estaba preparada para el primer pogo fuerte de la noche, el de «Less Than Human».
Entre la furia eléctrica y la melancolía urbana
Mark Burgess homenajeó a John Peel con «Up Down the Escalator». Así, el show armó su set de temas basado mayormente en Script of the Bridge y Arctic Moon por sobre otros discos. Sin embargo, eso no dejó afuera que sonaran «Perfume Garden» y «Looking Inwardly» de What Does Anything Means? Basically (1985).
Casi como un espejo, repitieron la fórmula de guitarras duras seguidas de nubosidades nostálgicas cuando de «Paradiso», primer tema que sonó de Strange Times (1986) volvieron a «David Bowie Takes my Hand», uno de los temas más sensibles de Arctic Moon y tocado con una guitarra acústica de 12 cuerdas, casi un émulo de ese Bowie primario de «Space Oddity».
Difícilmente haya quedado alguien indiferente a la belleza gélida que Mark Burgess nos regalaba esa noche, tema tras tema. Y como un hierofante de esta religión posapocalíptica, Burgess gritó “fuck the United States” y comenzó la rabia de «Saviours are a Dangerous Thing», en donde hizo un medley con «People are Strange» The Doors y «Eleanor Rigby» de The Beatles pero con letras apenas modificadas para recordarnos que la música puede ser usada para fines oscuros cuando cae en manos de líderes siniestros, pero también salva.
La primera parte del show, antes de los bises, duró una hora y media sin pausa y la cerraron con los infaltables de Strange Times, «Soul in Isolation» y la obsesiva «Swamp Thing». Luego despidieron Arctic Moon con «Feels Like The End of The World». Para entonces había una hipnosis que impedía hacer nada más que moverse alrededor de la música e inclusive hubo pocos cantos típicos de público argentino (si, aquí casi ni sonó el olé, olé, olé, olé). Y sin embargo los corazones estaban alineados y listo para el estallido final de la noche.
Cuatro temas de bises extendidos, amplificados en una media hora que no quería ni debía cerrar más que en gargantas desgarradas de euforia y personas lagrimeando por esos sonidos, la lírica urbana y desolada de Burgess. La poesía hecha música, la música construida en un edificio de desolación que busca almas, corazones y gargantas afines. Cuando salieron al escenario nuevamente, Burgess llevaba puesta la casaca de la selección de Argentina de rigor con The Chameleons como nombre identificatorio.

Una banda que sigue sonando como una revelación
Él es la banda y la banda responde a su hipnosis. Y así, la última parte comenzó con «In Shreads» de What Does Anything Means? Basically. El tiempo mágico de The Chameleons cerró con tres monstruos sagrados de Script of the Bridge: la desolada «Monkeyland», el himno de estadios «Second Skin» y la visceral post-punk «Don´t Fall», en la que concluyó con un medley de «Rebel Rebel» de David Bowie.
¿Qué espíritu habitó esa noche en cada uno de los que asistimos al show de The Chameleons? Imposible saber en qué momento las gargantas se quedaron afónicas o comenzaron a doler las piernas de tanto saltar en pogos tribales, rito necesario para ver a un Mark Burgess extasiado con lo que veía debajo del escenario.
Una de las razones para llegar a Sudamérica era ver el espíritu renovado, el alma en un público que respondió a todos los estímulos que generó. Un tour diseñado por un hombre enigmático que se le achinan los ojos con cada sonrisa, mago que armó un tour con un puñado de canciones diseñadas para durar y perdurar aún mucho tiempo después de que las luces se apagasen.
Afuera quedó un paisaje extraño y frío, una Buenos Aires cada vez más desolada. Dentro de los que vimos a The Chameleons, en cambio, conservamos una calidez mágica y pagana en nuestros pechos. Una visión del futuro próximo, la misma que había cuando la banda se formó en Manchester a principios de la década de 1980. Hay cosas que nunca cambian, solo se reinventan.
Tal vez habría que dejar de buscar el encuadre perfecto de la banda con el post-punk, género inventado por la mal llamada crítica especializada y disfrutar de sus canciones. Así como cuando Miles Davis respondía “música” a la pregunta de si lo que hacía era jazz o no, The Chameleons está en un lugar parecido al post-punk pero no lo es.
¿Qué es su música? ¿A qué suena? A lo que sea que ocurra dentro de la cabeza, el corazón y las entrañas de quien escucha melodías compuestas hace casi medio siglo y que sonaron frescas y actuales en un rincón de la noche otoñal de Buenos Aires, en una época difícil de encuadrar, llena de angustias, paranoias, soledades y tecnología. Y mientras esos sentimientos permanezcan, The Chameleons seguirá vigente. Por suerte, quedan varios días de otoño y falta mucho para que amanezca.
Texto: Esteban Galarza
Fotografías: Nazarena Talice


















