Entrevista a Ed Harcourt
El trovador melancólico que nunca dejó de reinventarse
Desde que irrumpió como una de las voces más singulares del nuevo milenio con el aclamado «Here Be Monsters» en 2001, Ed Harcourt ha cultivado una carrera solista tan prolífica como impredecible. Dueño de un talento innato para la composición, su estilo se mueve con fluidez entre la melancolía orquestal, el rock barroco, el folk íntimo y los arranques de oscuridad lírica, construyendo un universo donde conviven el romanticismo decadente y la lucidez emocional. A lo largo de más de dos décadas, ha publicado discos tan personales como «Strangers», «The Beautiful Lie» o «Furnaces», y ha colaborado como compositor o productor con artistas de la talla de Sophie Ellis-Bextor, James Bay o Marianne Faithfull.
Su perfil bajo contrasta con una obra profundamente ambiciosa. Harcourt ha sabido mantenerse al margen de las modas sin dejar de evolucionar, ya sea desde el piano, la guitarra o su estudio casero convertido en laboratorio sónico. Cada nuevo disco ha traído consigo una nueva forma de explorar la belleza y la fragilidad de lo humano.
En «El Magnifico», su álbum de 2024, Ed Harcourt abraza un enfoque más cinematográfico y conceptual, dando rienda suelta a su imaginario más teatral. El disco lo reafirma como un compositor inclasificable, dueño de una voz narrativa propia que sigue ampliando sus límites creativos.
En esta entrevista exclusiva con Radio Britannia, Ed Harcourt abre las puertas de su universo creativo con una honestidad poco común. Un recorrido a través de sus luces y sombras, marcado por el amor al oficio, la necesidad de reinvención y el deseo permanente de seguir conmoviendo a través de la música.
Entre cintas, vino tinto y soledad creativa
– Este noviembre se cumplen 25 años desde la salida de «Maplewood», tu primer trabajo, que funcionó como una suerte de carta de presentación y todavía conserva una atmósfera muy particular. ¿Qué recordás de aquella etapa y de cómo se gestó ese mini-álbum? ¿Sospechabas en ese entonces cuán amplio y multifacético iba a ser tu recorrido musical?
«En ese entonces trabajaba como chef cerca de los Sussex Downs (justo al lado del Long Man of Wilmington) y vivía en una casa enorme y algo desvencijada junto a mi abuela, que era muy frágil y casi no podía valerse por sí misma. Por lo general, volvía del trabajo alrededor de la medianoche y, si al día siguiente tenía libre, abría una botella de vino tinto y me encerraba en la sala de música del piso de abajo. Había un piano de cola pequeño, una batería, un bajo y un par de guitarras. También tenía una grabadora de cinta Tascam de 4 pistas, un par de pedales y un solo micrófono. Me quedaba escribiendo y grabando hasta el amanecer. Fue una etapa muy solitaria, no tenía muchos amigos y me manejaba completamente por mi cuenta. Estaba encontrando mi camino como compositor, como la mayoría al principio: emulando a mis ídolos y tratando de construir una identidad propia, aunque sin tener mucha idea de lo que hacía… Pasaba mucho tiempo con Hadrian Gerrard, un trompetista increíble que podía alternar entre los estilos de Chet Baker y Miles Davis con muchísima naturalidad. Creo que el viejo blues y el jazz fueron una gran influencia, junto a Sparklehorse, Tom Waits, The Beatles, Nina Simone… los sospechosos de siempre. Así que ‘Maplewood’ fue en realidad una recopilación de mis demos en cinta. No tenía idea de lo que me esperaba en el futuro, seguía bastante ilusionado e ingenuo con respecto a la industria.»
– «Here Be Monsters» fue el álbum que te presentó ante una audiencia más amplia y recibió elogios muy sólidos por parte de la crítica. Mirando hacia atrás, ¿cómo ves ese momento en tu carrera? ¿Qué significó para vos ser reconocido por la prensa británica y considerado una de las nuevas promesas de la canción?
«Fue algo muy surrealista y un poco extraño. Ni siquiera estaba seguro de que el álbum fuera lo suficientemente bueno, y hacia el final del proceso sentía que me tironeaban en distintas direcciones. Recuerdo que una canción, ‘Apple of My Eye’, pasó por cuatro productores distintos, y ninguno logró captar la esencia del demo; todas las rarezas que hacían tan especial la versión de ‘Maplewood’ fueron limadas y apagadas. Sinceramente, no entendía por qué la gente pensaba que yo era “lo próximo”. En el fondo, sabía que ese tipo de elogios muchas veces traen una trampa. Aprendí bastante temprano a no confiar en nadie. Pero, visto en retrospectiva, fue una época verdaderamente mágica. Nos divertimos mucho. Tuve la enorme suerte de contar con el respaldo económico de EMI en aquel momento, apenas unos años antes de su inminente colapso.»
– Desde «The Beautiful Lie» hasta «Lustre», atravesaste un período especialmente sólido a nivel creativo, aunque quizás no siempre haya recibido el reconocimiento que merecía. En Radio Britannia tenemos una debilidad por «Lustre», un disco que sentimos que mereció mayor atención. ¿Qué lugar ocupa ese álbum dentro de tu obra hoy?
«Creo que grabar «Lustre» fue una de las etapas más placenteras de mi vida. Mi hija acababa de nacer, estábamos en medio de la nada, en el condado de Snohomish, al norte de Seattle, en el estudio de Ryan Hadlock, Bear Creek. Era un lugar increíblemente idílico y me recordaba un poco a Sussex. Fue la primera vez que tuve mi propio sello, Piano Wolf, así que el disco no tuvo demasiado empuje en términos de distribución. Me cuesta describir ese álbum porque hace mucho que no lo escucho: tiendo a no volver a mis discos una vez que ya están editados. Antes de lanzarlos sí, los escucho todos los días para asegurarme de que sean perfectamente imperfectos. Pero creo que «Lustre» es uno de los que mejor se sostienen con el tiempo.»
El Magnifico: escapismo, redención y nuevas canciones
– El año pasado publicaste El Magnifico, un álbum que desde nuestro equipo destacamos como uno de los mejores de 2024. ¿Cómo fue el proceso de composición y grabación? ¿Sentís que representa una culminación de todo lo que aprendiste o el comienzo de una nueva etapa?
«Compuse la mayor parte del disco durante los distintos confinamientos de 2020 y 2021, así que hay elementos de escapismo ahí… y, por supuesto, mis manías habituales. El tema que le da título al álbum lo escribí en 2011, después del nacimiento de mi hijo, pero nunca lo había grabado. Creo que cada disco que uno hace es una reacción al anterior. Después de «Furnaces», entré en una etapa bastante oscura, no tenía ganas de escribir letras, y así surgieron los dos álbumes instrumentales. Luego empecé a componer con Loup GarouX, mi proyecto paralelo de rock, y eso fue lo que me devolvió la energía. En conjunto, creo que «El Magnifico» es un disco bastante alegre, aunque con un trasfondo oscuro que lo recorre. Pero sí, cada álbum se siente como un nuevo capítulo… No creo que alguna vez terminemos de escribir el libro.»
– Más allá de tu carrera solista, tuviste un recorrido extensísimo como colaborador y compositor para otros artistas. ¿Qué te atrae de escribir para otras voces? ¿Hay alguna colaboración que recuerdes con especial orgullo?
«Diría que la colaboración que más me enorgullece es la que tuve con Marianne Faithfull. Era maravillosa, muy divertida y completamente loca, y yo la adoraba. Me mandaba un montón de notas garabateadas y yo tenía que armar el rompecabezas, lo cual siempre era un desafío refrescante. Puede ser una experiencia muy extraña escribir con alguien a quien nunca conociste. Pero no hay que temerle al ridículo: lo mejor es abrirse, mostrarse vulnerable, todo por el bien de la canción. La canción es Dios… y a veces también el diablo.»
– También trabajaste como productor y compusiste música para cine. ¿Qué desafíos —o libertades— encontrás en esos roles en comparación con la escritura de tus propias canciones? ¿Cómo cambia tu enfoque cuando la música está atada a una narrativa visual o a la visión de otro artista?
«Me encanta componer para cine. Es algo que me gustaría hacer mucho más en el futuro. Me da una gran satisfacción, aunque puede ser un proceso muy frustrante.
Sobre la producción, tengo un dicho: “uno es tan bueno como el artista que entra por la puerta”. Cuando trabajo como productor, soy más bien un canal: todo funciona mucho mejor si el artista o la banda ya tiene una visión propia. Yo no puedo inventarla por ellos, pero sí puedo ayudar a activarla.»
– ¿Qué opinión te merece la escena musical británica actual, especialmente en lo que respecta al rock y sus géneros cercanos? ¿Hay nuevos artistas o movimientos que te entusiasmen, o sentís que el panorama está muy lejos de lo que era cuando comenzaste?
«La verdad, no mucho. Suelo sentarme en el jardín con un negroni y escuchar a The Ink Spots, eso es lo que más feliz me hace… Mis hijos están muy metidos con Tyler, the Creator, MF DOOM y A$AP Rocky, así que yo también me enganché un poco con eso. Algunos de los artistas nuevos a los que vengo produciendo son fantásticos, ¡pero hay demasiados para mencionarlos y no quiero dejar a nadie afuera!.»
Una deuda pendiente con el sur del mundo
– Por último, desde nuestro rincón del mundo nos da curiosidad saber si conocés algo de la música o de las escenas culturales de Sudamérica. ¿Alguna vez surgió la posibilidad de venir de gira por aquí? ¿Te interesaría tocar en esta parte del mundo?
«¡Oh, sí! Tengo un deseo profundo de ir a Argentina y también de ver la Patagonia en otoño. En algún momento hablé brevemente con un promotor en São Paulo sobre venir, así que tal vez eso ocurra algún día. Nunca estuve en Sudamérica, ¡está en el primer lugar de mi lista! Soy fanático de ‘Diarios de motocicleta‘, ‘Ciudad de Dios‘… y de tanta música increíble. Me encanta Mercedes Sosa, Benny Moré, y también Ana Tijoux: «1977» suena muchísimo en casa.»
El oficio de resistir con elegancia
Hablar con Ed Harcourt es sumergirse en una visión romántica, compleja y profundamente humana del arte de componer. A lo largo de esta entrevista, quedó claro que su carrera nunca respondió a tendencias ni a estrategias de mercado, sino a una necesidad expresiva que se fue moldeando con cada etapa de su vida: desde las noches solitarias grabando en un Tascam de cuatro pistas hasta las sesiones más recientes como productor o compositor de bandas sonoras.
En sus palabras se percibe una mezcla de gratitud y desencanto, una conciencia lúcida sobre las reglas del juego, pero también una obstinación poética por seguir escribiendo canciones que importen. «El Magnifico» no es solo un álbum más en su discografía, sino una reafirmación de esa búsqueda constante de belleza, incluso en la penumbra. Y su amor declarado por Sudamérica —desde Mercedes Sosa hasta los paisajes de la Patagonia— refuerza esa vocación por encontrar conexiones genuinas, lejos del ruido superficial.
A contramano del vértigo digital, Harcourt se mueve con la cadencia de quienes entienden que las buenas canciones necesitan tiempo. Tiempo para nacer, para asentarse y para seguir resonando muchos años después. En un mundo donde todo parece fugaz, su obra es un recordatorio de que la profundidad emocional y la integridad artística todavía tienen un lugar.
